Siendo honesta no se con exactitud cuando empezó mi amor por Klimt, pero desde ese desconocido momento que se convirtió por lejos en mi pintor favorito, siendo su obra más conocida quizás mi pintura más favorita -Los amantes, o mejor conocida como El beso- (quizás no es tan cool que te guste la más popular, pero sin duda es la verdad).
Fue así, que cuando en el viaje se nos dio la oportunidad de pasar, literalmente, unas horas por Viena, decidimos hacerlo (aunque incluyera una gran cantidad de horas durmiendo mal, o mejor dicho casi sin dormir). Dicen que Viena es una ciudad preciosa -no sabría decirlo- porque puse gran parte de mis esfuerzos en convencer al resto del grupo de que las pocas horas que íbamos a estar en la ciudad las pasáramos encerradas en un museo.
Diré esto corriendo todos los riesgos de sonar engreída y snob, pero por el momento no se me ocurre una mejor manera para tratar de explicar mi impresión una vez que estuve frente al cuadro. He tenido la suerte de estar en varios de los mejores museos del mundo, y de ver las más increíbles obras de arte, pero nunca en todos esos viajes y en todas esas interminables horas recorriendo y observando obras, que había quedado tan maravillada.
El efecto fue extraño,y ciertamente muy personal, pero para mi fue como en las películas, cuando el tiempo pareciera detenerse y todos los problemas que andan dando vueltas en la cabeza, y todos los malestares físicos (como dolor de piez de tanto caminar), desaparecen y por el tiempo que estas ahí parada frente al cuadro, todo es simplemente mejor. Bueno, puedo decir por experiencia propia, que por clichés que sean las películas, no se equivocan, y eso a veces, como muy pocas cosas, pasa, y es una de las mejores sensaciones de la vida.
Me enamoré, de todo esta vez.