Debí haber tomado el paraguas antes de salir, aunque con esta lluvia probablemente no serviría de mucho. El agua cae sin tregua y yo termino por acostumbrarme, prácticamente ya no la siento golpeando sobre mis hombros. Es el frío el que no soporto, me molesta, ese aire helado que se cuela por debajo de la falda, sin importarle lo que pueda provocar. Sí, definitivamente estoy congelada.
Son las tres de la mañana, y estoy sola caminando por la calle, no hay autos, las pocas casas que hay están completamente oscuras, sin una luz en su interior. Sólo está la luna, ella hace que todo se vea con un tono grisáceo, sombrío, tétrico, triste. Quizás deba volver. Una gota cae por mi espalda, tengo frío, pero más que eso miedo, miedo ha estar sola, perdida, vulnerable, tal como estoy ahora.
El semáforo dio luz rojo, era el único color que se veía, todo el resto parecía pintado en blancos, negros y grises, igual que las películas antiguas. Creo que fue la costumbre la que hizo que me detuviera, aun con ese frío glacial, el mismo frío que sentí cuando la vi acostada sobre la cama, mi cama. En ese momento el tiempo se detuvo, el aire se volvió helado, seco. Recuerdo que no podía moverme, los músculos no me respondían, me quede parada frente a ella, mientras dormía, tal vez soñaba con él. No sabía que hacer, una lagrima negra, seguramente por el rimel, bajó por mi mejilla, ya no la podía ver con claridad, tampoco podía hablar.
Hace casi seis meses que me fui a vivir con él, el 12 de Octubre para ser exactos, recuerdo que elegimos ese día especialmente por ser feriado. Me fui a su departamento porque estaba mejor ubicado y era más espacioso, pero sobre todo lo elegimos por la luz, esa luz blanca, limpia y brillante que entraba por los ventanales, especialmente por los de la habitación principal. Sin embargo la luz que se colaba entra las cortinas esa noche era sucia, blanca, pero sucia, iluminado sin brillo el rostro y los pies de la mujer que estaba en la cama, tapada sólo por esas sabanas también blancas, que compré el mes pasado.
Me gusta el sonido del agua cayendo en el cemento ya mojado, logra conseguir que el silencio se vuelva necesario, parece una fotografía, una de las que cuidaba mi abuela, guardando su juventud. Vuelvo a la realidad, dejó de llover, no se cuando paró, los segundos se demoran en llegar, y la luz sigue en rojo, pero ya no está tan brillante como en un comienzo, algo me impide verla con claridad, extrañamente es la neblina que poco a poco aparece con una suavidad y delicadeza casi admirables, me sorprende, siempre creí que la lluvia y la neblina van por separado, pero aquí estaba. Era la primera vez que ella se aparecía frente a mí, rara sensación, la humedad hace compañía, dejando atrás el frío seco y vacío de hace unos segundos. Aunque no vea bien. El humo produce el mismo efecto, no me deja ver. Quizás por eso ahora me acuerdo de él. Cuando lo conocí lo odie, no lo podía ver, pero lo odie, el humo era lo único que teníamos en común y lo único que nos separaba, y aún así lo odie, odie su voz, su risa. Andrés era desagradable, estridente, soberbio, divertido, inteligente, en otras palabras era agotador, era amable.
Nunca lo vi, estaba inmóvil frente a la cama, mirándola en un silencio absoluto. No la desperté, no reaccioné, creo que todavía no lo hago. Él no estaba, no lo busqué ni grite su nombre como pensé que lo haría, simplemente la vi, respiré un par de veces y caminé hacia la puerta. La casa parecía desierta, nada se movía, todo parecía como en penumbras y sólo se escuchaban mis pasos en el piso de manera oscura, ese que me gusta tanto. Abrí la puerta sin pensarlo, no ofreció resistencia, mas cerrarla fue difícil, fue casi imposible, pero lo hice y terminé cerrándola con suavidad y algo parecido a la indiferencia. No lloré. No grite.
Verde. Cruzo con la calma y seguridad de que estoy en mi tiempo. Nada ni nadie se puede interponer y todo gracias a una luz. Todavía no he llegado al otro lado cuando me doy cuenta de que ya no siento el frío entre las piernas, tampoco me siento sola, perdida o vulnerable, ya me acostumbré.
Valentina Venegas